Diamanda
Galás Oscurece la Noche
Este artículo
fue publicado originalmente en El Pais: La Cronica
LUIS HIDALGO 13/03/2007
La dama de las tinieblas protagonizó un espléndido
y emocionante recital. Un hablaba por teléfono con su responsable
y le preguntaba inquieto: "¿sabes qué hace esta
señora?". La pregunta no era gratuita. Este profesional,
posiblemente curtido en todo tipo de acontecimientos, jamás
había visto la acumulación de personajes singulares
que, como público, se citaban el domingo en el Auditori.
Algo extraño debía tener esa tal Diamanda Galás
que anunciaban los carteles. Y lo curioso no era tanto que el público
tuviese una estética singular, sino que entre los asistentes
la disparidad era absoluta: desde hijos del post-punk a siniestros
recalcitrantes pasando por ejecutivos acomodados o personajes que
sólo resultarían singulares de llevar un cóndor
posado en el hombro. Eso sí: todos, o casi, usaban el negro
como color distintivo. El escenario también lo era. Más
que negro cabría decir que la penumbra se hizo dueña
del mismo, hasta el extremo de que la salida de la artista se oyó
antes incluso de verse.
Pasados 10 minutos
de las 20.00, el taconeo de unos zapatos anunció la salida
a escena de la singularísima Diamanda, cómo no, vestida
de oscuro. Un instante después su figura se situaba bajo
el haz de luz que tomaba el piano y la ovación se intensificó.
Su rostro, excepto para las personas situadas en primera fila, fue
una incógnita, estando la luz pensada para desdibujar contornos
y resaltando, por el contrario, ese motivo central conformado por
ella y su piano de cola. Por delante se abría un concierto
pensado para 70 minutos que se alargó porque Diamanda debió
sentirse tan halagada por la respuesta del público que los
bises, tres, fueron cayendo casi entre la sorpresa de quienes suponían
que la diva no regalaría más que su música.
Diamanda Galás es una reina de las tinieblas cuya figura,
actitud y personalidad bien podría ser la mezcla entre Lucifer
y Vlad El Empalador. Refugiada siempre en el lado oscuro de la música,
dotada con una voz de registro operístico capaz de subir
algo más allá de las tres octavas y experta en retorcer
melodías hasta convertirlas en agujeros negros que absorben
las melodías circundantes para hacerlas enlutar, Diamanda
inquietaría al propio Darth Vader, cuyo estertor respiratorio
recordaría a una inocente nana. Eso podría decirse
atendiendo sólo a su aspecto, rostro pálido y maquillado
rodeado de negro, como a las cuestiones más superficiales
relativas a su música. Dada su personalidad y predicamento
entre quienes buscan algo más que la belleza formal entendida
sin angulaciones y aristas, el ambiente en el Auditori pronto fue
el de las ocasiones excepcionales.
Excepcional era, de
entrada, que a los fotógrafos les prohibiesen trabajar en
primeras filas. Tuvieron que hacerlo atrás del todo, y ante
las quejas del público que se sentía molestado por
el ruido de las cámaras, hubieron de disparar como los francotiradores
de Enemigo a las puertas: cuando ella subía el tono ellos
apretaban el disparador para así disimular el ruido. Excepcional
era también ver cómo el técnico de sonido parecía
otro instrumentista, llevando el ritmo y curvándose sobre
la mesa para acompañar a Diamanda en sus extraordinarias
exhibiciones vocales. Más tarde, cuando se hizo efectiva
una de las exigencias de la artista, prohibir el reingreso en la
sala a quien la abandonase tras la quinta canción, pudo comprobarse
que quienes sienten ganas de orinar en una actuación suelen
contrariarse cuando han de escoger entre hacerlo o seguir el concierto.
Máxime si no les han avisado con antelación de la
curiosa medida.
En realidad hay que
conceder que Diamanda se volcó en su extraordinario concierto.
Fue fenomenal dejarse intimidar por esa voz que se rompe en disgresiones
y tonalidades extremas hasta entrar en los oídos como un
malsano zumbido. Los gritos, los sostenidos imposibles que se prolongaban
como el aullido de un animal tan herido como peligroso, esos lamentos
telúricos que más que miedo conseguían una
especie de intimidación fantasmal; los juegos fonéticos
y la virulencia de los ataques de Diamanda a las canciones dejaban
pasmado, perplejo, impresionado, boquiabierto y aturdido a cualquiera.
A casi todos los que allí estaban dejándose llevar
por la emoción en crudo. Esa voz, con efectos que el técnico
de sonido aplicaba en directo, se explayó en 14 temas que
formarán parte de Guilty, guilty, guilty, el inminente disco
de Galás. Todos ellos irreconocibles, o casi, en las versiones
de Diamanda, que hacía tan ignoto un tema oído en
voz de Sinatra, de la Holiday o de Brel. Porque las recreaciones
de Galás, acentuadas por las tenebrosas notas del piano,
son canciones nuevas que parecen escritas por ella, una mujer inquietante
en el mejor sentido del término.