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Nueva York y el performance del 11/S
Alina
Reyes
No podrás borrarme, 8
Bajo el título Qué viene después: Ciudades, arte y recuperación, el acto
marcó una conmemoración alternativa y sui generis de 11/S convocando a
creadores de Alemania, Serbia, Sarajevo, Irak y Argentina, entre otros, a
intercambiar experiencias sobre el rol de arte después de una barbarie,
llámese guerra, invasión, dictadura o terrorismo. La noche inaugural
iluminada por un haz azul emanando desde la Zona Cero, la cantante y
performer de origen griego Diamanda Galás creó el ambiente propicio para
el encuentro en un teatro atiborrado y a pocos pasos de lo que queda del
World Trade Center. Su voz apareció frente a las velas y al escenario
negro. Un susurro recordando que deberíamos guardar a nuestros muertos y
su poder, fuera del alcance de nuestros enemigos, quienes nunca deben
enterarse del sitio en que están enterrados.
“Estos son trabajos hechos por una artista que arriesga —quizás incluso
invita— horror y repugnancia en el proceso de dejar su marca en nuestros
corazones”, anuncia Cliv Barker en el prólogo del libro de Galás titulado
La mierda de Dios. Su vestimenta completamente negra y velo cubriendo la
cabeza, recuerda a una viuda de Europa del Este. Se trata del estreno en
Nueva York de su último trabajo, homenaje a las víctimas del genocidio en
Asia Menor y Grecia durante la Primera Guerra Mundial. Defixiones, órdenes
desde la muerte se estrenó en Europa y hasta en México antes que en la
ciudad en que reside Galás, cuyos espectáculos multimediales han sido
dedicados las víctimas del sida o de la tortura. Un periodista comenta que
le resulta más fácil encontrar escenarios afuera, quizás por las mismas
razones que el público prácticamente brilla por su ausencia en las mesas
redondas sobre arte y memoria.
Volviendo al escenario la voz de Diamanda es a ratos la de una sacerdotisa,
ópera litúrgica por los muertos, texto recitado mientras las manos le dan
a las teclas del piano, rock cuando las luces del escenario pestañean y
ella maldice, se arranca gritos desde lo más profundo del cuerpo, es la
familiar de una de las víctimas, se dobla en dos y vuelve a levantarse,
repetidas veces, hasta quedar de rodillas tocando la tierra. El sonido de
helicópteros da la idea de una ciudad invadida, de una mujer a punto de
aniquilarse por no soportar tanto dolor. De pronto la música es un
responso fúnebre. Distintos idiomas se mezclan, entregando detalles de los
vejámenes a los que fueron sometidos, “que los quemaron vivos, que les
arrancaron los dientes uno a uno, que los machetearon”, canta, como si ya
fuera uno de ellos. “No puede borrar mi nombre ni nuestra muerte”, dice.
Luego comienzan los ruidos, pasos de cadenas y voces de almas en penas,
canta en medio de las ruinas. La voz del viento lo barre todo de escena,
menos el recuerdo y la conexión entre diferentes traumas personales y
colectivos en el espectador, de por sí ya algo sensible por la fecha.
Contra monumentos, 9 y 10
Al otro día un tour por el Battery Park guiado por la artista Pia Lindman
fijará la atención en otro rasgo posterior a las situaciones de excepción:
los monumentos o memoriales. Estoy perdida en el parque frente a la
estatua de la libertad. Reconozco al grupo por la vestimenta gris y la
banderita del mismo color que enarbola la performer para que el grupo la
siga en fila india. Destacan los imitadores de miss Liberty, falsas
estatuas entre las cuales la artista se detiene, coloca un pedestal y una
partitura delante de un monumento, y ensaya un gesto de dolor o
estupefacción. Mientras posan, muchas veces de rodillas, muchas otras con
una mano en la cara o la boca abierta, un helicóptero real sobrevuela la
ciudad real. La repetición de los gestos, uno tras otro, logra articular
una gramática muda pero elocuente.
Entre los espectadores aparece Horst Hoheisel, artista conceptual alemán
que habla perfecto español y que ha propuesto en Alemania recordar a las
víctimas del holocausto mediante la destrucción de monumentos. Aniquilando
algo como metáfora del aniquilamiento previo, especie de revancha o ajuste
de cuentas. Contra monumento o monumento negativo. Su propuesta para el
memorial de Berlín era moler la puerta de Hamburgo. Holocausto, holocausto,
holocausto, repite el alemán que ha estado en mi país trabajando en sitios
que fueron campos de detención durante la dictadura. Su relato logra
erizar mi piel, porque conecta otra vez el S 11 de ellos y el propio, el
golpe de Estado de Pinochet. Relata que en el Estadio Nacional de Santiago
aún figuran en las butacas los nombres de los miembros de la junta de
gobierno dictatorial y en los camerinos las marcas dejadas por los
prisioneros políticos que pasaron por ahí, sus nombres graffiteados.
Relata que junto al artista chileno Francisco Brugnoli y un grupo de
estudiantes idearon varias formas de recordar lo sucedido. “Poner la
bandera a media asta para cada partido de fútbol o una frase en las
entradas”, dice.
Camino a la zona cero para tomar otro tour convocado por el organismo
independiente Lower Manhattan Cultural Council, le pregunto por qué los
memoriales suelen ser tan feos. “Los familiares siempre quieren ver el
monumento con los nombres, es un consuelo para ellos porque señala el
compromiso de la sociedad. El problema es que el arte no tolera
compromisos con los familiares o gobiernos. Por eso casi siempre resulta
un arte malo”, dice. Y vuelve a ejemplificar con un memorial en Santiago,
el parque construido en el campo de prisioneros Villa Grimaldi. “Quisieron
hermosear con mosaicos y juegos infantiles, pero no se puede cambiar tanto
el lugar, hay que conservarlo cómo fue para recordar lo que pasó. No se
puede convertir un centro de detención y tortura en parque de diversiones”,
enfatiza.
Lo que se ve cuando llegamos a la zona cero son banderas norteamericanas
en los cuatro puntos cardinales. A la memoria viene la banderita gris
enarbolada en el Battery Park y el comentario de Horst, “me gusta porque
es la ausencia de nacionalismo”. Faltan dos días para el aniversario del S
11 y ya están instalados los móviles de los principales canales de
televisión. Nos recibe una sobreviviente, Linda, quien es nuestra guía en
este particular tour rodeando el cuadrado vacío donde antes estuvieron las
torres gemelas. Su relato entrecruza la descripción del lugar antes de y
el día de los atentados cuando ella estaba en el piso sesenta y tantos de
una torre y su esposo en el setenta y tantos de otra. Es la hora de
almorzar y mis tripas suenan, pero no puedo dejar de escucharla hasta que
dice que a las cuatro de la tarde por fin supo que su marido se encontraba
bien.
Re edificar, 11
En Nueva York lo que más se ve son edificios. Quizás por eso un ataque a
la ciudad no podría haber sido contra otro blanco. Al gobierno americano
le encanta la palabra reconstrucción, que literalmente se traduce como re
edificar. Reconstruir Irak, el bajo Manhattan, algún día New Orleans,
repite Bush. En el último acto del encuentro uno de los escritores
hiphoperos que leen se refiere a su S/11 cuando paseando al perro sabía
que algo estaba pasando y lo comentó con la vecina a la cual, pese a vivir
durante cinco años a dos puertas de ella, nunca había saludado. “Así es
New York, dice, vivimos preocupados de preservar nuestra intimidad”. Hay
quienes creen que la ciudad se volvió más amable después de la catástrofe,
pese al aumento de la seguridad, la desconfianza y el nacionalismo que
despertó en algunos. A otros cuantos les sirvió para cuestionar al
american way of life que tanto adoran.
Issue Date: September 2 - 8, 2005